Y ahora: ¡A sufrir!

¿Cuándo fue la última vez que logró una meta absolutamente relevante, de esas que marcan el resto de su vida? ¿Fue fácil? No, por supuesto que no. ¿Cuántos buenos propósitos de hace doce meses logró que se quedaran en intenciones? ¿Fue fácil? Sí, claro que sí, solo fue necesario evadir el “sufrimiento” que implicaba concretarlos. ¿Repetirá esa historia?

“Nadie promete tanto como el que no va a cumplir,” dijo Fernando de Quevedo. Y no se refería a la política, sino a todo tipo de personas. La dispersión de metas implica que los recursos también irán en muchas direcciones, sin fuerza en ninguna. Entonces, ¿qué tal si las organizaciones y personas nos proponemos uno o dos objetivos tan supremos, transformadores y apasionantes, que bien valdrán el gran precio a pagar por ellos?

Ese precio se llama “sufrimiento”. Sí, así de simple y sin temor a aceptarlo como parte del camino. Por ejemplo, quienes unen la profesión con la vocación, siempre exhiben las cicatrices de las noches largas, del agotamiento, de las privaciones y hasta del rechazo de los que creyeron que habían atajos. Los culpables del divorcio entre un sueño y su realización se llaman temor a la incertidumbre, aversión al riesgo, trabajo sin sudor.

Es cierto que la pasión es buena pomada cuando hay dolor, pero también lo es que en medio de la “locura” de aceptar el “sufrimiento” se duplica el placer de perseguir una ilusión. Lo malo es que algunos ni anhelan ni se desvelan, solo esperan que otros lo hagan por ellos.  Unas personas nacieron con casi todo resuelto y otras, con todo por resolver; las posibilidades, condiciones y recursos son diferentes. Lo curioso es que, en ocasiones, las primeras apenas sobreviven y las segundas viven felices el masoquismo de sus sueños.

Hay madres y padres que callan o disimulan estar extenuados por el trabajo que realizan a cambio de sacar adelante a sus hijos. Desdichadamente a veces éstos ni lo agradecen. Lo mismo puede suceder en la empresa. Sin embargo, es en estas circunstancias cuando mejor se pone a prueba la fuerza de la convicción, de la conciencia y sobre todo, de las razones íntimas para los esfuerzos supremos, o “sacrificios” si le parece más preciso.

¿Qué inversión de tiempo, disciplina y recursos estamos dispuestos a pagar para lograr una meta que declaramos importante? ¿A qué placeres, comodidades y hábitos vamos a renunciar, aunque duela, para enfocarnos en esa meta? ¿Terminaremos ya el autoengaño de posponer y de merodear sobre algo que en realidad no queremos hacer?

Erradicar el miedo, las excusas, la trinchera de declararnos víctimas del destino y la indecisión, son buenos puntos de partida. En lugar de plantear muchos propósitos, es mejor emprender y gozar el “sufrimiento” por uno que haga todo el sentido. ¿Cuál es el suyo?

Autor: German Retana.

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Acerca de tihuilo

Estudiante de Ing. en Sistemas y Computación
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